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EL LADO AMABLE DE LA CIENCIA

Descubierto sin querer II

La serendipia se define como el descubrimiento o el hallazgo que se realiza por suerte o casualidad, como ya avanzábamos la semana pasada. La literatura científica está literalmente plagada de avances realizados por puro azar, algo que en ningún momento resta un ápice de solvencia científica o genialidad a quienes los protagonizaron. Sí, la chiripa se puso de su lado, pero había que estar en el lugar idóneo y el momento preciso para darse cuenta de que la serendipidad estaba llamando a la puerta del laboratorio.

La serendipia se define como el descubrimiento o el hallazgo que se realiza por suerte o casualidad, como ya avanzábamos la semana pasada. La literatura científica está literalmente plagada de avances realizados por puro azar, algo que en ningún momento resta un ápice de solvencia científica o genialidad a quienes los protagonizaron. Sí, la chiripa se puso de su lado, pero había que estar en el lugar idóneo y el momento preciso para darse cuenta de que la serendipidad estaba llamando a la puerta del laboratorio.
¿Sagacidad o potra? Una combinación de las dos cosas, como podrá comprobar en estos nuevos ejemplos.
 
Christian F. Schönbein (1799-1868)
Si el descubridor del ozono no hubiese violado una norma casera impuesta por su esposa, Alfred Nobel habría tenido más difícil asignarse la obtención de la dinamita. La mujer de Schönbein le prohibió tajantemente que hiciera experimentos en casa, pero éste aprovecho su ausencia para “hacerse” en la cocina un cóctel de ácido sulfúrico y nítrico. El desobediente esposo derramó accidentalmente parte del ácido y, para recogerlo, echó mano de lo primero que vio, el delantal de Frau Schönbein. Tras enjuagarlo, lo puso a secar sobre la estufa. Cuando el delantal se secó, ardió de súbito, como si se tratara de un material altamente inflamable. Schönbein había dado con la nitrocelulosa o algodón de pólvora, en 1846. Éste fue el primer paso hacia la obtención 16 años más tarde de la dinamita por Alfred Nobel.
 
James Bradley (1693-1762)
Para el sucesor de Halley en el puesto de astrónomo real, uno de los temas más intrigantes del firmamento era el desplazamiento aparente de la posición de una estrella como resultado del movimiento de la Tierra alrededor del Sol. Bradley encontró la explicación de este fenómeno, conocido como aberración, durante una travesía por el río Támesis, en 1728. El astrónomo notó que el gallardete de la punta del mástil cambiaba de dirección de acuerdo con los movimientos relativos del barco y del viento, y no solamente de la dirección de este último. En este instante se percató de la importancia del principio de la aberración de la luz, el fenómeno por el cual la posición de las estrellas aparece desplazada con respecto a la real. Bradley publicó su observación en 1729 y constituyó la primera prueba sólida de observación del movimiento de la Tierra alrededor del Sol.
 
Joseph Priestley (1733-1804)
Uno de los principales motores del desarrollo de la Química en el siglo XVIII fue el interés por el aire en particular y por los gases en general. Surgió de este modo la denomina Química Neumática, que permitió desvelar la hasta entonces misteriosa composición del aire. Uno de los seguidores de esta disciplina gaseosa fue el sacerdote Joseph Priestley, quien en 1774 calentó como el que no quiere la cosa óxido de mercurio dentro de un recipiente de vidrio incandescente. Además de producir un calor más intenso que cualquier otra llama utilizada por él hasta aquel día, generó un gas incoloro que hacía arder una vela con más brillo que en el aire. Un año más tarde, tuvo la idea de averiguar si se podía respirarse dicho gas, y con tal fin colocó un ratón dentro de una campana de vidrio llena del extraño vapor. Priestley observó que el roedor vivía durante una media hora, en tanto que sólo se mantenía la vida 15 minutos cuando el animal se introducía en la misma campana llena de aire. El sacerdote acababa de descubrir el oxígeno.
 
René Descartes (1596-1650)
Para la mayoría de los mortales, mirar embelesado una mosca es una mayúscula pérdida de tiempo, pero no para Descartes. Debido a su delicada salud, este filósofo y matemático francés pasaba mucho tiempo tumbado en la cama. En cierta ocasión, viendo volar una mosca en el dormitorio, se le ocurrió que era posible determinar en cada instante la posición del díptero. Para ello, bastaba conocer su distancia con respecto a dos superficies perpendiculares: la pared y el suelo. Excitado por la idea, Descartes dibujó en una hoja dos rectas perpendiculares; cualquier punto del folio, o sea, del plano, quedaba determinado por sus distancias a los dos ejes. A estas distancias las llamó coordenadas del punto. Éstas permitieron al galo representar cualquier ecuación algebraica en forma de curva, mediante una ecuación. Así, casó la geometría y el álgebra en lo que se llamó geometría analítica. ¡Lo que da de sí una mosca!
 
Joseph von Mering (1849-1908) y Oscar Minkowski (1858-1931)
En 1889, esta pareja de doctores alemanes estudiaban la función del páncreas en la digestión y para profundizar en la materia no hicieron otra cosa que extirpar la glándula a un perro. Horas después, el can orinó en el patio y un ayudante del laboratorio llamó la atención de los investigadores tras observar un enjambre de moscas revoloteando sobre la orina del animal. Al analizarla, encontraron que contenía una alta concentración de glucosa, el azúcar que trae de cabeza a los diabéticos. Involuntariamente, von Mering y Minkowski habían provocado experimentalmente la también llamada enfermedad dulce en un animal.
 
Uno de los primeras fotografías de Daguerre, conocidas como daguerrotiposJacques Mandé Daguerre (1789-1851)
Fue uno de los pioneros de la fotografía que ha pasado a la historia de casualidad. En 1822, su compatriota galo Joseph N. Niepce consiguió la primera fotografía más o menos permanente utilizando como fijador de la imagen asfalto o betún de Judea. Paralelamente, Daguerre andaba enfrascado en un sistema para lograr que la luz incidiera sobre una suspensión de sales de plata, de modo que la oscureciera selectivamente y produjera un duplicado de alguna escena. Probó muchas maneras para intensificar la calidad de la imagen, pero con poco éxito. Un día guardó en un armario donde había diferentes productos una placa expuesta en la que sólo había una débil imagen y que intentó lavar y usar de nuevo. Después de un tiempo, el artista galo sacó la placa y se encontró con la sorpresa de que en su superficie lucía una imagen muy nítida. Daguerre concluyó que el milagro era obra de alguno de los productos del armario. Probó uno tras otro, hasta que dio en uno de los estantes con unas gotas de mercurio procedentes de un termómetro que se había roto. Así dedujo que el artífice de la imagen era el vapor de este metal.
 
Galileo Galilei (1564-1642)
Para la mayoría de los mortales, una misa aburrida sólo produce sueño. Pero para Galileo fue una fuente de inspiración. Aunque más bien habría que decir una “lámpara de inspiración”. Un día del año 1583, el genio italiano, aún estudiante de la universidad, acudió a la catedral de Pisa para oír misa, pero se encontró que el encargado de oficiarla era un sacerdote plomizo que visitaba la ciudad. Para disimular el aburrimiento, Galileo buscó entre las bellas ornamentaciones algo que lo entretuviese. Y lo halló: alguien había golpeado una lámpara, seguramente al encender con la vara sus candelabros, y ésta había quedado oscilando. El joven observó que la lámpara siempre se tomaba el mismo tiempo en ir de un sitio al otro, independientemente de las corrientes de aire. No tenía un reloj, pero le bastó el pulso de su muñeca para determinar el tiempo de oscilación. Antes de que el cura diera por concluida la misa, Galileo ya estaba en sus aposentos universitarios reproduciendo el experimento con lámparas, pesas y cuerdas de diferente longitud. De este modo, dedujo las leyes del movimiento pendular.
 
Friederich Wöhler (1800-1882)
A los 28 años de edad, el químico Friederich Wöhler obtuvo la urea de pura chiripa en su laboratorio de Berlín. Wöhler quería sintetizar cianato de amonio puro a partir de dos sales inorgánicas, el sulfato amónico y el cianato potásico. Tras calentar las dos sales juntas, evaporó el contenido de la solución con la esperanza de obtener cianato de amonio. No fue así; en su lugar aparecieron unos cristales blancos idénticos a la urea que en tantas ocasiones había aislado de la orina humana y canina. Fue la primera sustancia natural que se logró sintetizar en el laboratorio.
 
Horacio Wells (1815-1884)
Poco después de que el mencionado Joseph Priestley descubriera el óxido nitroso, los científicos se percataron de que este gas no era tóxico, pero producía unos efectos insólitos cuando era inhalado: las personas se alteraban y se ponían a cantar, pelear y, sobre todo, a reír. De ahí que fuera bautizado como gas hilarante. Se puso de moda en las fiestas a uno y otro lado del Atlántico. El azar tomó cartas en este divertimento en 1844, durante un espectáculo con óxido nitroso que organizaba el profesor Gardner Colton, en Hartford (Conneticut). Casualmente, en la atracción se hallaban un joven llamado Samuel Cooley y su amigo Horacio Wells, un dentista. Colton pidió voluntarios para inhalar el gas. Cooley no se lo pensó dos veces. Después de aspirarlo, el joven se puso violento, provocó una pelea y cayó accidentalmente. El golpe lo calmó y se sentó tranquilamente junto a Wells. Al cabo de un rato, éste notó un charco de sangre bajo la silla de su amigo. Al seguir su rastro, se encontró con que venía de un corte profundo en la pierna de Cooley. El dentista pronto se percató del significado del suceso; poco después, llamó a un colega de profesión y le pidió que le extrajera una muela picada bajo los efectos del gas de la risa. La carrera hacia los anestésicos había dado el pistoletazo de salida.
 
El Doctor Hofmann con la molécula del LSD en sus manosAlbert Hofmann (1906)
En1938, este químico suizo estaba estudiando el ácido lisergénico, sustancia producida por un hongo llamado cornezuelo del centeno, y otros compuestos relacionados con él, con la intención de encontrar un fármaco contra la migraña. En el laboratorio, acopló sintéticamente el grupo de la dietilamida al ácido lisergénico (LSD 25)

El 16 de abril, se vio obligado a dejar el trabajo, debido a que experimentó unas sensaciones extrañas; al volver a casa se acostó y empezó a sentir unas tremendas alucinaciones. Al día siguiente, despertó con sensación de fatiga, aunque, por lo demás, normal. Cuando volvió al laboratorio, consideró las sustancias que había sintetizado y llegó a la conclusión de que había absorbido a través de la piel una pequeña cantidad de LSD. Para confirmar su sospecha, tomó por vía bucal la que supuso dosis mínima, pues ignoraba que era mil veces más potente que el meszal; es decir, que ingirió una cantidad varias veces mayor que la máxima. Al poco tiempo, Hofmann experimentó intensas sensaciones de inquietud y desesperación, pérdida del sentido del tiempo y otras alteraciones que le aterraron.
 
William Henry Perkin (1838-1907)
Durante unas vacaciones de Semana Santa, el estudiante de 18 años William Henry Perkin decidió fabricar en su laboratorio casero quinina –el único fármaco efectivo contra la malaria– de forma artificial. En un primer intento utilizó como material de partida toluidina, un derivado del alquitrán. En lugar del producto esperado obtuvo un lodo pardorrojizo que tiró por el fregadero. Pero no se dio por vencido y decidió intentarlo con un material de partida más simple, la anilina. Al final del experimento tampoco apareció la quinina, sino un decepcionante sólido de color negro. Pero al examinarlo antes de tirarlo, Perkin notó que el agua o el alcohol usado para lavar el frasco se volvía de color púrpura. Sin quererlo, el joven había elaborado el primer tinte sintético, que llamó malva.
 
Alfred Nobel (1833-1896)
Una tarde de 1875, este químico y filántropo sueco descubridor de la dinamita se hizo un corte en el dedo con un trozo de cristal. Para frenar la hemorragia, se aplicó en la herida colodión, una solución viscosa de nitrato de celulosa en éter y alcohol. Incapaz de dormir esa noche por el dolor, Nobel empezó a meditar un problema químico que desde hacía tiempo le preocupaba: cómo combinar nitrocelulosa y nitroglicerina para producir un explosivo más potente que ambos por separado pero tan seguro como la dinamita. El sueco había experimentado con algodón de pólvora –celulosa altamente nitrada– y hasta entonces había sido incapaz de combinarlo con la nitroglicerina. La solución estaba en su dedo dolorido, concretamente en el colodión. El padre de los premios Nobel pensó que un menor grado de nitración, como el que llevaba el apósito, permitiría mezclar la nitroglicerina con la nitrocelulosa. A la mañana siguiente, fabricó el nuevo explosivo.
 
Robert Wilson y Arno Penzias
La caca de paloma ayudó a esta pareja de radioastrónomos en su investigación sobre el origen del universo, el Big-Bang. En 1964, Wilson y Penzias, que trabajaban en los laboratorios Bell, en Holmdel (Nueva Jersey), modificaron una antena de radio que había sido utilizada para recibir señales de los primeros satélites de comunicación con el propósito de estudiar las señales de radio procedentes del espacio exterior. Tras hacer los ajustes pertinentes, se encontraron con que la antena recibía un ruido de radiación residual comparable a la estática de la radio. En un principio creyeron que se debía a los excrementos de las palomas, que los definieron como una “sustancia blanquecina dieléctrica”. Pero, tras retirar las caquitas, quedaba aún un ruido que eran incapaces de eliminar. Comentaron el problema a James Peebles, astrofísico de la Universidad de Princenton, que acababa de publicar un artículo sobre el Big-Bang, la teoría que explica el origen del universo. Los tres llegaron a una conclusión: el ruido detectado por la antena era la radiación remanente de la explosión primitiva del Big-Bang.
 
Charles Richet (1850-1935)
A principio del siglo XX, este catedrático de fisiología de la Universidad de París investigaba con el veneno de los tentáculos de la actinia, una anémona marina común en las costas rocosas del litoral europeo. Su objetivo era determinar la dosis tóxica necesaria para matar un perro. Un día administró a uno llamado Neptuno una segunda dosis, equivalente a la décima parte de la dosis letal. Con asombro de Richet, el animal cayó patas arriba y murió al cabo de unos minutos. De algún modo, la primera inyección había hecho a Neptuno extraordinariamente sensible al veneno. El médico francés dio al fenómeno el nombre de anafilaxis, o sea, supresión o pérdida de la protección. Richet había descubierto el principio fundamental de las alergias.
 
Wilhelm Konrad Roentgen (1845-1923)
En su laboratorio del Instituto de Física de Munich, Alemania, el físico investigaba los rayos catódicos y la luminiscencia que irradiaba uno de los dos alambres que se hallaba aislado al vacío, dentro de un tubo de vidrio Crookes, y bajo la tensión de un voltaje. Durante la tarde del 8 de noviembre de 1895, tras proteger el tubo Crookes con una cartulina negra como pantalla protectora contra la luz que emitía apagó la luz del laboratorio. Y sorpresa: descubrió que, cuando conectaba la corriente, se iluminaba simultáneamente un pequeño objeto sobre su mesa de trabajo, muy parecido al efecto de una nube de color verde pálido. Pensó que sería debido a una fisura de su blindaje de cartón, encendió una cerilla y vio que el objeto era una pequeña pantalla de cartulina fluorescente que había recubierto con cianuro platinado de bario. El tubo estaba produciendo algo más que rayos catódicos, pues éstos no viajan por el aire más de tres centímetros. Roentgen dedujo que se trataba de una nueva radiación y, como desconocía su origen, la denominó X.
 
El filósofo y científico alemán Gottfried W. LeibnizGottfriend W. Leibnitz (1646-1719)
El matemático alemán inventó el sistema binario usado hoy en los ordenadores. Leibnitz vio en este sistema la imagen de la Creación. Se imaginó que la unidad 1 representaba a Dios y el 0 la nada.
 
Alexander Fleming (1881-1955)
En 1928, una placa de cultivo donde Fleming observaba el crecimiento de las bacterias se había contaminado por accidente con esporas del moho Penicillium notatum. Éstas quizás llegaron hasta allí flotando por el aire desde el laboratorio existente en los pisos inferiores del hospital Santa María de Londres, donde científicos investigaban alergias realizando experimentos con estos hongos microscópicos. Probablemente, el bacteriólogo de Lochfield dejó en la mesa de trabajo un cultivo de bacterias, en una habitación carente de calefacción, mientras pasaba unas vacaciones de tres semanas. La temperatura en el recinto era lo suficientemente fría como para permitir el crecimiento del moho y, a la vez, lo suficientemente calurosa como para hacer crecer la bacteria. A su vuelta, Fleming observó que los agentes bacterianos que se hallaban cerca del moho habían muerto. Evidentemente, una potente sustancia antibiótica, que él llamo penicilina, se había ido extendiendo desde el moho.
 
Roy Plunkett (1910–1994)
A principios de los años 30 del siglo pasado, un investigador de la firma Du Pont, llamado Roy Plunkett, descubría un nuevo refrigerante sintetizado por la reacción del tetrafluoroetileno (TFE) con el ácido clorhídrico. Para avanzar en sus experimentos, Plunkett almacenó en unos cilindros a presión 45 kilos de TFE y los sumergió en hielo seco. En la mañana del 6 de abril de 1938, él y su ayudante conectaron uno de los recipiente con TFE al aparato de reacción para seguir su procedimiento estándar de mezcla con ácido clorhídrico, pero en aquella ocasión no salió nada del cilindro. El gas seguía dentro y nada parecía fallar en la válvula. Al abrirlo, Plunkett se encontró con que sus paredes interiores estaban cubiertas con un capa blanca lisa y cerosa. Se trataba del politetrafluoretileno (PTFE), que la compañía Du Pont registró con el nombre de teflón.
 
Spencer Silver

A modo de colofón de este selección de descubrimientos serendípicos, cabe señalar el descubrimientos accidental de uno de los objetos más utilizados en la actualidad. Nos referimos al Post-It, el papelito autoadhesivo de color amarillo que utilizamos para dejar notas. En realidad, esto no era lo que Silver, un empleado de los laboratorios 3M,estaba buscando, sino un potente pegamento. Le salió mal y como adhesivo el nuevo producto era un completo desastre. Sin embargo, cuatro años más tarde, otro empleado de 3M, Arthur Fry, rescató el pegamento de Silver para marcar con unas tiras de papel las páginas del libro de cantos que usaba en el coro de la iglesia.


Tiene a su disposición en La Revista de Agosto de Libertad Digital los otros capítulos de la serie "Descubierto sin querer", a cargo de Enrique Coperías

1. Descubierto sin querer I

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