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JUDEOFOBIA

"Desproporción"; nueva forma de un viejo prejuicio

Uno de mis libros favoritos completamente desconocidos es El corazón de la Princesa Osra, escrito por Anthony Hope en 1896. Hope dio la campanada con El prisionero de Zenda y su insípida secuela Rupert de Hentzau, dos sonoros textos de aventuras en los que un inglesito se las ingenia para salvar dos veces el trono de Ruritania de los usurpadores.

Uno de mis libros favoritos completamente desconocidos es El corazón de la Princesa Osra, escrito por Anthony Hope en 1896. Hope dio la campanada con El prisionero de Zenda y su insípida secuela Rupert de Hentzau, dos sonoros textos de aventuras en los que un inglesito se las ingenia para salvar dos veces el trono de Ruritania de los usurpadores.
Fotograma de El prisionero de Zenda

El corazón de la Princesa Osra también está emplazado en el reino ficticio de Hope, Mitteleuropa, pero esta vez un siglo y medio antes –la década de los 30 del XVIII– y no es una aventura que enganche, sino una serie de escenas románticas pobremente redactadas que presentan a la hermana menor del Rey Rodolfo III y diversos pretendientes inapropiados. Pero sí permite apreciar lo completo que concibió el autor su paraje ficticio: Ruritania no es simplemente el escenario de un thriller de modo que cabe preguntarse por qué lo utiliza como tal. Hope conocía su historia, a sus gobernantes y sus leyes mucho antes de que tuvieran lugar los sucesos de El prisionero. Como prueba de eso, no hace falta más que mirar la primera página del primer capítulo de Princesa Osra:

¡Esteban! ¡Esteban! ¡Esteban!

El grito impaciente se escuchaba por todo el abarrotado callejón, donde las antiguas fachadas competían por encontrarse mutuamente y solamente dejaban para confort del observador un simple atisbo de luz. Era, decían los hombres, la calle más antigua de Strelsau, incluso aunque el cartel del 'Silver Ship' era el más antiguo que existía en la ciudad. Para cuando Aarón Lázaro el Judío llegó allí, 70 años antes, había sido el décimo hombre de un linaje ininterrumpido dedicado al negocio; y ahora Esteban Nados, su aprendiz y sucesor, era el undécimo. El viejo Lázaro había hecho grandes negocios, y había empleado sus ahorros en comprar la mejor parte de la calle; pero puesto que los judíos entonces no podían tener propiedades en Strelsau, había puesto todas las propiedades a nombre de Esteban Nados; y cuando iba a morir, siendo incapaz de llevarse sus casas o su dinero con él, no teniendo descendencia, y no teniendo ninguna ligadura con ningún hombre o mujer vivos además de Esteban, dejó a éste todas sus propiedades y, con una última maldición a los cristianos (de los cuales Esteban era uno, y uno devoto), besó al joven, se dio la vuelta hacia la pared y falleció. Así que Esteban era un hombre rico y no tenía ninguna necesidad de continuar el negocio, aunque nunca se le pasó por la cabeza hacer otra cosa...

Eso está bastante bien. No hay ninguna otra referencia a la comunidad judía de Ruritania en ningún otro escrito de Hope, pero fue lo bastante exhaustivo en la creación de su reino de cuento de hadas incluso para saber cuáles son las restricciones antisemitas al derecho de propiedad. El autor ubicó Ruritania en alguna parte entre Sajonia y Bohemia, aunque, gracias a las versiones cinematográficas de Zenda, tendemos a imaginarlo en los Balcanes. Pero no importa dónde lo ponga, los homólogos de Lázaro el Judío hace mucho que desaparecieron de las bulliciosas calles de Strelsau. En Viaje a Rumania, Sacheverell Sitwell recuerda su visita en 1937 a Bukovina, la antigua provincia del Imperio de los Habsburgo más al este, entonces parte de Rumania, hoy en Ucrania. Su capital, Czernowitz, era un refrito de rumanos, polacos, alemanes, armenios, rutenos y suabos pero, como no pudo evitar notar Sitwell, era imposible saber eso de un paseo por el centro:

No hay ninguna tienda que no tenga pintado sobre sus ventanas un nombre judío. Todo el comercio del lugar está en manos de los judíos. Aquí se habla más yiddish que alemán.

Una callejuela de CzernowitzA pesar de un decadente desagrado inglés hacia la atmósfera general, Sitwell reconocía ciertas ventajas: "El beneficio de esta hegemonía judía es una notable celeridad", escribía. "Hacer la compra requiere la décima parte del tiempo necesario en otras ciudades".

En estos días no escuchará yiddish en las tiendas. Los judíos de Czernowitz están muertos o huyeron, al igual que los de miles de otras ciudades por toda Europa. Durante siglos, la cantinela contra los del yiddish era que eran tipos cosmopolitas siniestros y sin raíces desligados de alianzas con cualquier entidad política en la que acabaran residiendo. De modo que, después de la Segunda Guerra Mundial, los que quedaron se convirtieron más o menos en una nación estado convencional, y ahora son odiados por eso.

Todo el jolgorio sobre el revisionismo del Holocausto (cierto es que desde el Presidente Ahmadinejad hasta el padre de Mel Gibson hay mucho) ha eclipsado el hecho de que el mundo ha vuelto a apoyar sin ninguna objeción las antiguas formas de antisemitismo. En la práctica, Israel es la versión geopolítica de las mismas condiciones que soportó Lázaro el Judío en el Stelsau de Anthony Hope. A la Entidad Sionista se le permite por el momento permanecer en el negocio pero, al igual que Aarón Lázaro, no tiene derecho a ostentar los derechos de propiedad frente a cualquier otra nación estado. De ningún otro país –sea Canadá, Eslovenia o Tailandia– se esperaría que renunciase a los derechos tradicionales de aquellas naciones que sufren el secuestro de sus ciudadanos, ataques aleatorios con misiles contra sus zonas residenciales y otras violaciones de su soberanía.

Esto no tiene nada que ver con quién está lo cierto y quién se equivoca: por todo el mundo hay conflictos regionales –Costa de Marfil, el Congo, Bosnia...– y, al margen de los aciertos y errores, la mayor parte del mundo simplemente se acomoda y deja que sigan con lo suyo. Hay enormes desplazamientos de población –como los hubo, contemporáneos de la fundación de Israel, en Europa y el subcontinente hindú– pero un lado gana y ya está. La energía empleada por el mundo en negar a esta crisis regional en particular el trato tradicional es única y perversa, a no ser que asegurándose de que "la cuestión palestina" nunca se resuelve, también se aseguran de que la soberanía de Israel nunca se asienta realmente. Esa soberanía, también, es condicional, y a juzgar por las columnas recientes del Washington Post y el Times of London, así es como se ve cada vez más en círculos influyentes. Los israelíes son tolerados como el actual testaferro pero, al igual que el judío de Anthony Hope, nunca pueden ser realmente propietarios del país.

Bandera de IsraelLos judíos son una vez más vagabundos sin raíces aunque, en una de las frivolidades más oscuras de la historia, ahora son rechazados en los salones de Londres y París como una imposición ultrajante de una población europea extranjera en Oriente Medio. Lo que habría hecho reír a Aarón Lázaro. Los judíos pasaron siglos en el Continente sin ser aceptados nunca como europeos. Pero en cuanto la comunidad judía del Continente está a punto de extinguirse, de pronto todo judío que queda en el planeta es europeo.

En perspectiva, incluso la artística intención de la etnia conocida de pronto como "palestina" puede verse como la necesidad de manifestar que allí donde hay un judío, hay una víctima del judío. En sus Impresiones del camino, con ensayos históricos (1903), Elizaveta deVitte era testigo del mismo fenómeno en Bukovina que Sacheverell Sitwell observaba más tarde, pero culpaba del éxito de los judíos a la pobreza de los rusos: "De los 600 estudiantes de la Universidad de Chernowitz, apenas 50 son rusos. Es cierto que la admisión a la Universidad es abierta para todos. Pero la inscripción real tiene lugar del modo siguiente: en un día concreto, los judíos bloquean las puertas de la Universidad". La "desproporcionada" respuesta de los sionistas en el Líbano es simplemente la última versión de la célebre descortesía de los judíos.

Para el mundo éstos son tiempos oscuros: estamos al borde de la nuclearización de antiguas patologías. Leer novelas del siglo XIX y libros de viajes y reconocer antiguas psicosis volviendo a emerger actualmente en formas aún más virulentas es muy extraño. Voy algo atrasado respondiendo al aluvión de correos electrónicos tipo los-judíos-tienen-la-culpa-de-todo pero, cuando lo hago, explico normalmente que adopto la postura relajada del odio, pero que siga mi consejo y no apueste por él.

Existe un librito contundente de Andrew Roberts, llamado Hitler y Churchill: secretos de dirección, que, conforme lo vas leyendo, te das cuenta de que la principal diferencia entre los dos es que el primer ministro tenía una comprensión muy concreta de cómo era el Führer y de que el Führer no tenía ni la más remota idea sobre cómo era el primer ministro. Para Hitler, Churchill era "ese títere de los judíos": una expresión que no ofreció como muestra retórica jugosa a las gentes de Nuremberg Sábado Noche, sino como análisis serio en la privacidad de su estudio. Ése es el problema con los prejuicios raciales contra los judíos: no es tanto un toque tóxico en lo que de otro modo sería un pastel perfectamente válido, como un indicador fiable de que toda tu visión del mundo está infectado. Que es por lo que normalmente no les va tan bien a los que tienen odio a los judíos.

"Tengo un presentimiento que no me abandona", escribía Eric Hoffer, el estibador y gran filósofo estadounidense, tras la guerra del 67. "Igual que le pasa a Israel, nos pasará a todos nosotros. Si Israel perece, el holocausto caerá sobre nosotros".
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