
![]() | Azaña y Prieto marcharon casi siempre de acuerdo durante la república y la guerra civil, y juntos emprendieron una serie de empresas políticas de la mayor trascendencia para la historia del siglo XX español. La compenetración entre ellos se explica porque Prieto, un burgués bastante rico, aunque radicalizado, tenía más de jacobino que de propiamente socialista, y sentía admiración por el político alcalaíno.
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Tras la victoria electoral de la derecha en noviembre de 1933, Prieto se alió con Largo Caballero para laminar al legalista Besteiro y preparar una guerra civil (textualmente) a fin de imponer la “dictadura del proletariado”. Prieto, sin embargo, no simpatizaba con ese fin y, a pesar de haber proclamado en las Cortes la ruptura solemne e irrevocable con las izquierdas republicanas, prefería renovar la alianza con ellas para liquidar a la derecha –y a la democracia–, e imponer un régimen populista radicalizado. Azaña, por su parte, reaccionó a las elecciones presionando (en balde) en pro de un golpe de estado.
Entretanto, un caballero de industria holandés, llamado Strauss, había intentado introducir en España un juego no se sabe bien si de azar o no (los juegos de azar estaban prohibidos desde la dictadura de Primo de Rivera). Para ello había gratificado a algunos políticos centristas del Partido Radical de Lerroux, con relojes de oro y similares. Sin embargo el juego no fue autorizado. Strauss, sintiéndose estafado, procedió a chantajear a Lerroux con la amenaza de revelar los sobornos. Lerroux despreció la amenaza, pero, según todo indica, el avispado chantajista contactó con Azaña, y éste con Prieto. Entre los tres decidieron provocar artificialmente un enorme escándalo en torno a los insignificantes sobornos, con el fin de hundir a Lerroux y su partido. Lograron enredar en el plan a Alcalá-Zamora y atemorizar a la derecha, que no opuso resistencia o incluso colaboró en la intriga. La consecuencia de esta empresa conjunta de Prieto, Azaña y Strauss fue la liquidación política de Lerroux y su partido, el único con verdadera tradición republicana (los demás se habían improvisado en vísperas de la caída de la monarquía), y mucho más votado que todas las izquierdas republicanas juntas. Para percibir el alcance de la maniobra debemos señalar que el partido de Lerroux constituía el último amortiguador entre unas derechas y unas izquierdas cada vez más radicalizadas. Por tanto,la ruina de tal partido reavivó la crispación y las tendencias guerracivilistas. En Los personajes de la república vistos por ellos mismos he descrito sumariamente esta magistral, fascinante y maléfica intriga, que no sería superada por una imaginativa novela negra, y que merecería una monografía a fondo. Me permito animar, una vez más, a algún historiador joven a emprenderla.