
![]() | Así definió Stalin a los escritores, y todos, tanto escritores como metalúrgicos, se desmayaban de emoción: ¡qué agudeza! ¡qué inteligencia! ¿quién sino Stalin era capaz de tal profundidad y comprensión de la labor creativa? Nadie, claro, se paraba en señalar el repelente espíritu productivista, utilitario de la fórmula. Los ingenieros construyen puentes, los escritores fabrican el “hombre nuevo”, el siervo consentido. Otra fórmula de Stalin, también se hizo famosa por aquellos felices tiempos: “El hombre es nuestro capital más valioso”. Y todos, y algunos más, epilépticos de entusiasmo, se revolcaban por los suelos, sollozando, ante esa cumbre de humanismo que sólo Stalin podía alcanzar.
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Si pasamos de Julio Cortazar a Gabriel García Márquez, nos encontramos con otro tipo de cuestiones, porque García Márquez es un propagandista activo del castrismo y de la revolución latinoamericana y un autor de novelas conservadoras y reaccionarias. Tiene razón Horacio Vázquez-Rial en el último número de “La Ilustración Liberal”, cuando escribe: “nadie puede decir que “Cien años de soledad” sea una novela social”. No, ni “Crónica de una muerte anunciada”, por ejemplo. Estos y otros libros del colombiano se enraizan y exaltan objetivamente –como diría Adolfo Sánchez Vázquez–, lo peor de América Latina, su barbarie, su costumbrismo salvaje, su oscurantismo selvático y campesino, y demás taras del continente que constituyen una de las tradiciones literarias de América Latina (otra es la de Borges, Bioy Casares, Paz, Cortazar, etcétera). Dicho sea de paso, la barbarie puede ser buena materia novelesca, depende de cómo se utilice, pero salta a la vista la contradicción entre la obra literaria y la “obra política” de García Márquez. Bueno, contradicción aparente, porque si se mira bien, si se deja de lado la fraseología demagógica, no hay nada más reaccionario en el continente americano que Fidel Castro y su trovador García Márquez.
han alcanzado tal grado de imbecilidad, que para justificar su afición por Celine, tardíamente descubierto, le declara nada menos que “resistente antinazi” y niega su antisemitismo. Pero muchos han sido quienes han intentado explicar, justificar, aminorar, la excesiva incorrección política de Celine. Nadie se atreve a decir la verdad: Celine fue un buen escritor con monstruosas ideas políticas. Teniendo en cuenta el pujante antisemitismo de izquierdas, nada me extrañaría que se le reivindicara pronto a Celine, precisamente por su antisemitismo. Yo me atreveré incluso a ir más lejos, a afirmar que casi siempre los grandes escritores han tenido, o tienen, opiniones políticas confusas, ingenuas, del montón y a la moda, e incluso deleznables. He citado a Celine, hubiera podido citar a Ezra Pound, no a los alemanes que tuvieron sus debilidades con el nazismo en su momento, porque la lista sería demasiado larga, y la de los que tuvieron simpatía por el comunismo, muchos más, pero nada me cuesta señalar que algunos de los grandes ídolos de la literatura comprometida, hoy difuntos, como Neruda, Aragón, Brecht, Saramago (¿qué? ¿no ha muerto? Pero, vamos a ver ¿no obtuvo el Nobel?), y otros, fueron, como Celine, a la vez buenos escritores (a ratos) y “políticos” despreciables. En la actualidad, un escritor como Harold Pinter, maestro del non-dit, de la ambigüedad, estupendo autor dramático y guionista, totalmente “asocial”, de pronto se mete en política, se pone a insultar soezmente a Bush, por ejemplo, utilizando un lenguaje y unos argumentos como ya quisieran atreverse a utilizarlos un tribuno socialista o un escribidor de El País. Mi reacción es sencilla: conservaré su teatro y tiraré a la basura sus proclamas. Desde que hemos asistido a la vergüenza absoluta constatando como tantos escritores cuando la fatwa de Jomeini contra Saldam Rushdie, le insultaban. Michel Serres, el filósofo de las hormigas, en París, John le Carré, en Londres, etcétera y seguimos viendo como los mismos y muchos más (no cito a Gema Martín Muñoz, porque ella es asalariada del Islam, los otros aún no), se ponían frenéticos después de los atentados en Nueva York, en Madrid, en Londres, y todos los demás: “¡bien merecido lo tienen! ¡la culpa es nuestra! ¡Occidente es culpable!” No puedes evitar cierta morriña. Pero en este caso, la explicación es sencilla: tienen miedo, se cagan de miedo.