
![]() |
Discusión con un buen amigo: "Si tú sostienes que el gobierno es delincuente, que infringe la ley, te sitúas fuera del sistema. La única solución sería la pistola, el GRAPO. Pero yo creo que estamos en un sistema democrático, con sus problemas, como en los demás países europeos, con ciertas particularidades, pero nada más".
|
Dado que una discusión en medio del ruido de un bar no da para mucho, haré aquí algunas reflexiones.
La primera cuestión es la de si tenemos un gobierno efectivamente delincuente o no. Ciertamente lo tenemos. Por lo pronto, pero no solo por eso, es colaborador con banda armada, según he explicado muchas veces y no repetiré ahora. Ni este amigo ni nadie hoy por hoy han respondido a mis exposiciones concretas con más que vaguedades y empleo de eufemismos.
En el fondo se trata del prejuicio de que los políticos pueden saltarse las leyes y debe consentírseles, porque de otro modo el sistema peligraría. Yo creo más bien que el sistema democrático peligra más que nada por el "permiso" a los políticos de actuar de esa manera. Cierto, en todos los países democráticos existen políticos, incluso gobiernos, que rompen la ley o la interpretan de modo fraudulento, pero no con la gravedad que en España. Por otra parte esa impunidad del poder es típica de las "democracias bananeras", al estilo latinoamericano, a las que cada vez se parece más la española.
Un Gobierno como el actual justifica y premia el asesinato como medio de obtener grandes concesiones políticas, amén de dinero público y tantas otras ventajas. Lo justifica en general y para cualquiera, aunque él aplique su colaboración sólo a uno de esos grupos, la ETA, precisamente porque tiene con ella profundas e innegables afinidades ideológicas. En cierto sentido, cualquiera queda legitimado por un Gobierno semejante para emplear el terrorismo. Sin embargo, esta no es la solución conveniente, por diversos motivos:
El problema que se plantea, aquí llegados, es el de si es posible hoy un movimiento cívico realmente eficaz. Posible sí es, desde luego. El obstáculo principal no viene del sistema, por mucho que se halle en involución, sino de la dispersión y la confusión política de los opositores. Y no me refiero, obviamente, al PP. Encontramos con frecuencia a grupos y gentes que denuncian enérgicamente las fechorías del Gobierno, pero detrás de sus críticas asoman a menudo ideas antidemocráticas y antiliberales, ya las justifiquen con argumentos totalitarios o teológicos.
Como he reiterado, la dificultad, sobre todo por parte de la derecha, radica en su ineptitud para crear opinión pública, ineptitud que refleja a su vez su desprecio a dicha opinión. No ya la extrema derecha, sino el PP, tienen ese grave defecto, que deja a la izquierda el cuasi monopolio de la lucha por las ideas.
Para que la situación cambiase de modo efectivo serían precisas dos cosas: un programa claro, concreto y lo más breve posible, y líderes (después o al mismo tiempo vendría la organización). Hasta ahora, una y otra cosa se han revelado imposibles. Sin duda ello refleja una decadencia mucho más profunda del espíritu cívico y una enorme confusión de creencias e ideas, algo que no extrañará mucho tras decenios de falsificación del pasado y del presente, de expansión de la telebasura y otras muchas basuras, y de corrosión del más elemental sentimiento de identidad cultural y del instinto de conservación de nuestra sociedad. El mal ha avanzado mucho, sin duda, pero creo que la partida dista de estar terminada aún. En cualquier caso, una mala causa debe ser denunciada aunque parezca poderosa, y una buena causa defendida aunque sus perspectivas se presenten poco halagüeñas.