
![]() | El verano no es vulgar en sí mismo. Es cierto que el calor disipa la disciplina, favorece la molicie y dispara la horterada. Hay unas cuantas soluciones para huir de las masas descamisadas que se extienden como una pandemia por las plazas playeras. Podemos viajar al hemisferio sur y disfrutar del verano plagado de nubes y precipitaciones de Buenos Aires.
|
Del coche mejor olvidarse. La ciudad está en obras con un empeño que haría palidecer de envidia a Ruiz Gallardón. Lo mejor es alquilar un scooter, un segway, una bicicleta o, aún mejor, patearse la ciudad, que es pequeña pero matona por sus empinadas cuestas, siguiendo los cauces del Genil y del Darro que traen el agua de Sierra Nevada. Naturalmente hay que visitar la Alhambra y el Generalife preferiblemente de noche, pero son igualmente necesarias aunque mucho más humildes la visita a la casa de campo propiedad de los Lorca y al museo dedicado al pintor José Guerrero. Los Lorca vivían en una casona a un par de kilómetros de la ciudad, aunque los edificios han terminado rodeándola como unos salvajes sioux a una resistente caravana de cuáqueros. Las huertas originarias de la vega granadina han sido sustituidas por un gran parque en el que juegan los niños a los columpios y los mayores a la petanca, las guiris toman el sol en el césped y los deportistas corren su perímetro al amanecer y al atardecer. La casa solariega se ha mantenido con orgullo limpio y, además de comprar las obras completas de Lorca en pequeños libros bellamente editados, podemos admirar el equilibrio luminoso del salón, la coqueta cocina y, sobre todo, su dormitorio en el que se conserva la cama y el gran pero sobrio escritorio en el que Federico compuso gran parte de su obra, sobre todo la teatral, cuando descansaba los veranos en una intensa actividad creativa.
Junto a una de las calles en las que el comercio brilla con más intensidad –perderse de compras por las calles Mesones, Recogidas o Zacatín es una satisfacción capitalista al alcance de todas las carteras, sobre todo en época de rebajas– la joya cultural escondida de la ciudad es el Centro que guarda la obra del pintor granadino José Guerrero. Acondicionado en lo que fue la sede del antiguo periódico estatal Patria, junto a la Capilla Real, la visita merece la pena tanto por la restauración del edificio en sí –columnas de hierro, techos altísimos, pared de ladrillo visto– como, claro, por la obra luminosa, sencilla y diáfana del artista granadino que compartió visión con Pollock y Rothko en el Nueva York expresionista de los años 50 y 60. En esta semana, mientras los habituales del Resentimiento Histórico volvían a protagonizar un espectáculo entre rancio y cursi conmemorando el terrible asesinato del poeta más genial de la Generación del 27, resulta adecuado y delicado acercarse a contemplar La brecha de Viznar, la interpretación rotunda y doliente que hizo el pintor sobre la tragedia de su paisano. Negro y rojo trazan un abismo de tinieblas y muerte encajonado por dos llamaradas de blanco fulgor, como dos disparos.